
Siete escenas: esencias
de la memoria.
Escena 1.
En el camino: los de aquí, los de allá...
Un cruce de caminos: transitando por las
veredas del tiempo, entre alcores y altozanos: en los campos de
Jerez.
El romance es el río que riega la memoria vívida de
los que fueron, la humana esperanza de los que son. El corrido es
la voz que se acompasa al ritmo de las labores: la siega, la trilla,
el pajar. El jaleo, el latir sonriente y bullicioso de los corazones
enamorados.
Y la toná: el recuento del dolor, la monodia pastueña
de la queja: de los de allá, que ya son, también,
los de aquí.
Escena 2.
Una mesa, una silla.
En la casa del pobre, sólo hay esquinas.
En las cárceles de la miseria, sólo hay desesperanza.
En la mesa del tabanco, el hombre se confiesa con su sombra.
En los rincones del alma, se esconde la pena, el grito atávico
del desheredado de la fortuna.
La ronda de martinetes: muecines oscuros que claman a duelo.
La siguiriya al son: soliloquio del condenado a vivir.
Y el baile por siguiriya: negro ritual de la desolación.
Escena 3.
Una botella, unos vasos.
Una puerta se abre a la luz.
Dentro, una reunión familiar: en un cuarto de la casa o en
un rincón del tabanco: gracias por la vida.
La evocación del Trópico, paraíso en el sueño
lejano del que sí regresó: la milonga de Pepa Oro
y Don Antonio Chacón.
Y los tangos del Piyayo: de vino dulce y papaya, el emplasto para
las heridas del desamor.
Y, luego, la guasa de la rumba antigua: para matar el hambre a golpe
de chuflas.
Y la comunión de la fiesta: el frenesí desinhibido
de los celebrantes danzando en el solsticio de la ebriedad.
Y cuando la fiesta se hace eco cansado de madrugada, resuena –soberano-
el tango de Jerez: Curro Frijones, Juan Mojama. De las prisiones
del cuerpo a las cárceles del alma.
Escena 4.
El espejo.
La expresión flamenca se mira en el
espejo: se modula, se asienta, se enriquece, se personaliza.
Y los flamencos suben al escenario: de la vivencia personal y la
celebración familiar a la reunión en el tabanco; del
tabanco al trajín popular del café cantante; del café
cantante a las candilejas de los teatros.
En el escenario, el flamenco se hace arte: es decir, oficio.
Mientras, la travesía.
Delante del espejo, el guitarrista busca: solo. La farruca.
Delante del espejo, la bailaora crea: sola. La farruca.
Delante del espejo, el cantaor inventa los más dulces melismas
del fandango: la malagueña.
Después.
El espejo, ahora, se rompe en cien pares de ojos brillantes, en
el vivo rumor del público del café cantante.
El piano, la historia de amor y celos: la zambra.
Escena 5.
Maletas.
En el origen, fue un cruce de caminos. Ahora,
es el vestíbulo de una estación de tren o los corredores
laberínticos de un aeropuerto internacional.
Los flamencos de Jerez se asoman al mundo. En su equipaje, pañoletas,
quejíos, lunares, mucho arte y una fiambrera con chicharrones.
La confusión del viaje: las sevillanas de las maletas
Luego, la espera interminable. La algarabía cómplice
dibuja un cielo risueño y un paisaje con olas de volantes:
cantiñean y bailan por alegre.
Y como aquí, en la distancia, Santiago, San Miguel o la Porvera
no son casas y olores ciertos, sino querencias del corazón,
brota la nana: como una carta encerrada en una botella y arrojada
al azar. Dirección: lo vivo lejano.
Escena 6.
¡Viva Jeré!
El espectáculo.
El rumor familiar del romance anuncia el advenimiento del compás
de Jerez: esa pulsión singularísima que rige las sístoles
y diástoles del ritmo del flamenco.
El soniquete es levantera, o juguetillo risueño resuelto
en un ladrillo; o respetuosa, litúrgica calma en la evocación
del Loco Mateo, Merced la Serneta y María La Moreno: la bulería
por soleá.
Y cuando, de nuevo, el ritmo se acelera, llega el frenesí
dionisiaco de la bulería: donde todo y todos caben; donde
poco y tan pocos entran.
Hasta el cuadro final: ¡viva Jeré!
Escena
7.
¡Y viva yo!
La despedida
de la Compañía.
El soniquete tiene que ser pura magia matemática: se descompone
delante del público hasta su último elemento, pero
nadie ajeno al arcano de la bulería alcanza a descubrir el
truco.
¡Y viva yo!
El fandango del adiós sabe al Gloria.
|